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Título: Santos, gaitero de Garranzo
Clasificación: Instrumentos musicales
Localidad: Garranzo
Informante: Jesús Martínez Hernández (23-12-1941)
Recopiladores: Helena Ortiz Viana y Javier Asensio García
Lugar y fecha de recogida: Enciso, 25 de agosto de 2022

 
Santos Martínez nació a comienzos del siglo XX. Aprendió algo de solfeo, tocaba el clarinete y la dulzaina. El clarinete lo conserva un nieto suyo. Sobre la dulzaina nadie de su familia da fe de cómo desapareció.

Santos tenía habilidad para aprender las melodías de oído. Llegaba a un pueblo a tocar y les preguntaba a los mozos si quería que les tocase alguna de las canciones de moda. Alguno de ellos le tarareaba algún pasodoble, rumba o cualquier otra pieza, Santos la aprendía y ese mismo día la tocaba por las calles. Este hombre recorría el largo rosario de aldeas del Alto Cidacos riojano y soriano, aldeas pertenecientes a Poyales, Enciso, Yanguas y San Pedro Manrique. Si hijo Jesús recuerda los siguientes lugares: Las Ruedas, Yanguas, La Mata, Vellosillo (Villosillo), Vizmanos, La Cuesta, La Aldea, Taniñe, Buimanco (Boimanco), Vea, Armejún, Villarijo, Valdemoro, Valdevigas, La Escurquilla, Navalsaz, Poyales, El Villar y Enciso. También sabemos que tocó en más de una ocasión en Cornago. Le acompañaron con la caja o redoblante, primero Indalecio de Lería; después Demetrio de Garranzo; y cuando éste se fue a vivir a Logroño, ya en sus últimos años de músico, José Sánchez, también de Garranzo.

Garranzo era un pueblo de pocos recursos naturales para sobrevivir con un mínimo de nivel económico. Santos, como otros vecinos de esta aldea, tuvo que dedicarse a muchos oficios: fue cartero, primero de Garranzo; cuando se fueron despoblando las aldeas tuvo que hacerse con otras carterías, las de todo el valle del Vacirbe hasta Ambas Aguas; cuando las aldeas quedaron abandonadas fue el cartero de Enciso, para entonces, en el año 1971 ya se había bajado a vivir a este pueblo que tenía algo de industria. Fue el último vecino en abandonar Garranzo. También trabajó en todas las labores del campo: la siega, la trilla, la cava y el pastoreo. Fue esquilador en Valtierra y en otros lugares de la Ribera de Navarra.

Como gaitero recorrió todos los pueblos y aldeas mencionadas, sobre todo a la hora de ser requerido por los jóvenes de las localidades para celebrar sus fiestas de mozos, que no solían coincidir con las patronales. En el caso de la fiesta mayor, los pueblos preferían gastar algo más contratando una pequeña orquesta, como la que hubo en Enciso.

Las tonadas de las rondas de mozos estaban bien fijadas en la memoria común. Daban una vuelta al pueblo cantando sencillas albadas a las mozas, los mandamientos del amor y, en caso de boda, una tonadilla característica. Las melodías eran antiguas y muy similares en casi todas las aldeas: los mozos la cantaban y Santos la repetía con su clarinete. Hemos notado pocas diferencias entre las albadas de las localidades en las que tocaba Santos, lo mismo que en los cantos de boda y los mandamientos de amor. Esto se debe más a la cercanía geográfica que a un efecto normalizador por parte de este gaitero.
Los mozos de las aldeas, como era el caso de Las Ruedas, solían subir a Garranzo a contratarle y acompañarle en su camino hasta Las Ruedas. Hacían lo propio con el redoblante de Lería. Cuando divisaban el pueblo desde las alturas de los cerros que lo rodeaban, los músicos empezaban a tocar y su música llegaba hasta el fondo del valle dando por comenzada la fiesta.

Después de más de treinta años tocando en tan elevado número de lugares, Santos pasó a la memoria de la comarca y, como tal, fue objeto de varios cuentos asociados su oficio. Uno de ellos dice que Indalecio, el primer compañero que tuvo Santos como redoblante, tocaba tan repetitivo que una vez que Santos acabó de tocar una pieza Indalecio siguió tocando la caja porque se había quedado dormido.

 

Santos de Garranzo (a la derecha con el clarinete) e Indalecio (a la izquierda con el redoblante) en la procesión de Santiago de Navalsaz

En la fiesta de la Candelaria de Valdemoro (Alto Linares, Soria) se despidieron con una melodía a la que los mozos le sacaron la siguiente copla:

–Si nos pagarán, si nos pagarán –decía la caja–.
–Yo creo que sí, yo creo que sí –respondía el clarinete–.

Bibliografía:

  • Carlos Muntión Hernáez, «Las Ruedas de Enciso: Obituario» en revista Piedra de Rayo, nº 50, octubre de 2017, Logroño.