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Título: Sopas en sartén
Clasificación: Gastronomía
Localidad: Santa Marina
Informante: José y Marino Domínguez García (14-10-1934)
Recopiladora: Helena Ortiz Viana
Lugar y fecha de recogida: Santa Marina, 18 de enero de 2026

 
Las sopas en sartén es un plato humilde y de aprovechamiento, elaborado con ingredientes básicos; a pesar de su sencillez es un plato energético.

Cuenta Marino que las tomaban para desayunar y a veces para almorzar en el campo. Con unas sopas y un trago de vino comenzaban la jornada de trabajo. La elaboración es simple: sofreír ajos, pimientos y cebolla, también podían añadir un poco de chorizo o panceta bien picadita. Después hay que añadir un poco de agua, sal, pimentón, una hoja de laurel y pimienta para realzar aún más el sabor. Tras cocer un rato, añadían un huevo y las sopas de pan duro cortadas finamente. Poco a poco el pan iba absorbiendo todos los líquidos y sabores. Debía quedar jugoso, ni muy seco ni demasiado húmedo. Las sopas en sartén son diferentes de las sopas de ajo tradicionales aunque contienen los mismos ingredientes –pan duro, ajos, pimientos, aceite y pimentón–. Las sopas de ajo llevan agua y se consumen como una sopa tradicional, mientras que las sopas en sartén son casi secas y así, cabe pensar, si había que llevarlas a la hora de comer al campo eran mucho más fáciles de transportar siendo, además, un plato más contundente.

Lo habitual era comer las sopas directamente de la sartén, cada uno con su cuchara, compartiendo el alimento hasta no dejar nada, ni los allegos, esas migajas de comida que quedaban en el fondo del recipiente.

Comer alrededor de la sartén, de la caldereta o del gamellón

Esta forma de comer con todos los comensales alrededor de la sartén con una cuchara en la mano es una estampa antigua, prácticamente desaparecida. De nuevo la aldea de Santa Marina nos sorprende con sus costumbres antañonas. En familia o con los amigos se mantiene con naturalidad el uso de comer alrededor de la sartén, los pastores en el campo hacían lo mismo cuando guisaban la caldereta.

Un estudioso de los usos sociales nos indica que fue a finales del siglo XVII cuando las clases pudientes comenzaron a usar la vajilla individual con

«el cubierto individual, un plato, cuchara y tenedor para cada comensal. Es a principios del XVIII cuando se hace costumbre personalizar las vajillas con el escudo de armas de la familia y las cuberterías con las iniciales. En ese mismo siglo ilustrado se publican reglas de Buena Crianza que, en lo referente al comportamiento en la mesa, se resumen en no molestar ni perturbar a los demás comensales; ni con ruidos, ni haciéndolos compartir bocados, ni con la ansiedad de mostrar un apetito desmesurado. No siendo, en suma, invasivos del espacio de los demás.»

(Manuel J. Ruiz Torres, «El bienestar de los individuos. El Cádiz Constitucional en el progreso a la cocina moderna» en María Jesús Ruiz (coordinadora), Crónica popular del doce, Ediciones Alfar, Sevilla, 2014, páginas 93-94)

El hecho de que en determinadas circunstancias, sobre todo entre las clases humildes, se mantuviera el plato central en la mesa y los comensales alrededor con la cuchara no indica que esos campesinos fueran menos educados que las nuevas clases burguesas con sus platos y cubiertos individuales. La comida era un ritual en el que se cumplían unas normas consuetudinarias: Nadie empezaba a comer hasta que todos los comensales se hubieran sentado; había que esperar a que el abuelo o la persona mayor bendijera la comida y se seguía un orden circular respetuoso.

Valeriano Becquer nos dejó un magnífico grabado con una escena típica de un pueblo de Soria –que podía ser la de cualquier pueblo de España– con una familia dispuesta a comer alrededor de un gamellón.

Valeriano Bécquer: El benedicte del abuelo

 

Fotografía: Julián Tomás Lasheras

Igualmente, los trashumantes que guisaban la caldereta en el campo se acercaban por orden con su cuchara para hacerse con una tajada siguiendo la conseja de «Tajada y paso atrás» para dejar paso al siguiente.

El cronista de la revista El Najerilla de Mansilla de la Sierra nos habla de la costumbre del coto entre los jóvenes que iban a comer una caldereta recién hecha:

«… en el horno de Serafín pusieron una buena caldereta, por mesa una artesa en medio de la calleja y vino abundante, para compensar los días de trabajo… y nos invitaron a tomar una tajada; no nos metimos con el ‘moje’, pues dice el refrán que ‘el moje es el que se paga’, y a poco, a poco pagamos por no darnos cuenta del ‘coto’; cosa que ya habíamos olvidado; y que consiste que mientras se bebe y da la vuelta la bota, se pone una cuchara o algo en el caldero y no puede comer nadie, y si se cae paga el ‘coto’; el amigo Muñoz, que bien parecido es a su hermano el difunto Saturio, que fue siempre el alma de estas rondas, les convidó con media cántara de vino y dos paquetes de puros…»

(Revista El Najerilla. Mansilla de la Sierra. Ago. 1927. Nº 99, página 18)

Algo similar nos refiere el etnógrafo navarro Jimeno Jurío sobre las meriendas de las sociedades de mozos en Navarra. A esa parada en el turno rotatorio de la cuchara le llamaban el mojón:

«Aquí y en otras partes fue costumbre previsora que, cuando alguien advertía la falta de pan o vino, los pidiese al mayordomo. Para que la voracidad de los comensales no dejase vacía la cazuela común durante el santiamén de ausencia del mandatario, éste ponía en el centro de la vasija un trozo de pan pronunciando una consigna: ¡Mojón! Todo comensal se abstenía de seguir comiendo, hasta que al regresar el mayordomo se alzara la veda, so pena de atenerse a la vindicta general.»

(José María Jimeno Jurío, Calendario festivo 1. Celebraciones de las cuatro estaciones. Primavera-Verano, Editorial Pamiela, Pamplona, 2006, página 314)